LA MORA NONA
Aún estaba en pie lo que antes era la galería. En el
frente dando a la ruta Provincial Nº1 que lleva a La Paz, se erguían carcomidos
por el tiempo y el abandono mostrando sus esqueletos de barro y paja otras dos
construcciones semi tapadas por altos cañaverales, cactáceas y piedras formando
extrañas pirámides que iban creciendo en altura cuando se enojaba el arroyo que
baja de Piedra Blanca y las creces las arrastraba hacia el lugar. Era en ese
entonces el reino de yararás que serpenteaban incólumes en la soledad del
lugar. Pocos habitantes del lugar se atrevían a penetrar en esa espesura, más
cuando se rumoreaba que por las noches se veían luces intermitentes en su
cercanía .Dicen los nativos que en la entonces confortable casa, habitaba la
doñita Elba, mujer muy coqueta y activa que combinaba su profesión de comadrona
con la de modista. Solían verla partir en su sulky tirado por un caballo alazán
de buena estampa a los bailes de Piedra Blanca Abajo, en la Pista Ritmos
Alegres. Siempre solitaria y bien ataviada, despertaba los chismes de las mozas
del lugar, que tejían historias ciertas o no de su vida.
Aprovechando la amistad que la unía a doña Pura,
nunca estaba sola en las reuniones bailables pues se acomodaba junto al
mostrador y despachaba las bebidas a los jóvenes que se apoyaban en el mismo
mientras estudiaban a la concurrencia femenina. Esa noche de octubre que había
llegado desde Tilisarao el músico Juan Dólar con su conjunto, cuando Ramón
volvía de visitar a su novia en los pagos de Cruz de Caña, allá en la cumbre,
forzosamente debía pasar por la pista de baile antes de llegar a su casa; no
resistiendo a la tentación, entró en el predio silbando una tonadita. Fue
arrimarse al mostrador a degustar una
cerveza cuando los ojos de Elba lo atraparon al instante. Ahí comenzó el
romance que llevaría la tragedia a la moza.
Baúles de cuero se fueron llenando de camisones
realzados con finos bordados y encajes, de “mañanitas” tejidas al crochet, que
servirían para atemperar las frescas mañanas cuando el Ramón le alcanzara el
mate y ella se aprestara a salir del lecho conyugal. Todo se iba llenando de
sueños y ajuares blancos. Ramón, delgado y airoso, luciendo su boina negra la
visitaba cotidianamente ya a caballo o en bicicleta alimentando sus sueños.
El verano se estaba yendo lento, llevándose los
sueños poco a poco junto a los quemantes soles, ardores de la tierra y las
pasiones.
Las visitas de Ramón ya comenzaban a espaciarse coincidiendo
con los preparativos del casamiento del mozo con la novia oficial de Cruz de
Caña, la mora nona que crecía en los fondos del predio de La Ramada se retorcía
con sus 300 años de antigüedad hasta que en una noche de gran tormenta uno de
sus gajos se desplomó convirtiendo a la planta en un despojo alejado de su
otrora lozanía. Así también fue trocándose cual la morera la figura de Elba.
Ya sabedora
del engaño amoroso del cual había sido víctima, se encerró en la casa y los
males la fueron envolviendo tenebrosamente.
El gajo caído de la Mora Nona echó raíces
en la prieta tierra y se fue formando un nuevo árbol que causó la sorpresa de los
visitantes; era algo así como un engendro natural, y al unísono, cada deformación de la planta se
mimetizaba en el cuerpo enfermo de la mujer, que esperaba el final que la
liberara del sufrimiento..
Esta es la leyenda de la Mora Nona, la cual se puede
apreciar en un recodo de La Ramada, mientras sólo queda rezar una oración por
la doñita que se dejó morir de amor.
Beatriz Susana Galván



